miércoles 19 de octubre de 2011

Sólo con la mirada


Moisés Lárez
Para Ariana Marcano

En la niñez uno cree que es muy difícil conocer al amor de su vida. Uno empieza a tener más inteligencia que el perro, se está aprendiendo el nombre de los colores y está jodiendo a una caraja, como de 24 años que le tocó sacar la licenciatura en la UDO, con el ma-me-mi-mo-mu, ca-que-qui-co-cu.
El concepto del amor puede ser algo así como lo que veíamos en las telenovelas mientras mamá nos acostaba a dormir o esa relación rara que mantenían papá y mamá de amistad con besos en la boca. Eso podía ser el amor.

Sin embargo, uno sí se enamoraba.

A veces, la adultez nos hace olvidar ciertas cosas; los recuerdos felices de la infancia pueden quedar trancados por frustraciones, traumas o pare de trastornos psicológicos que duermen al Peter Pan dentro de uno. Más allá de las ganas de besar a alguien: cosa sin sentido y poco higiénica. Lo que sentía de niño era distinto. El amor era una admiración por la belleza; esta última palabra entendida como un concepto también primitivo para alguien de tan poca edad y sin experiencia.

La belleza primitiva era como todos los estados primigenios: tosca y básica. Una búsqueda por el físico perfecto, pero no cualquier físico; ya que al no existir instintos sexuales fuertes, esta necesidad era la de encontrar a alguien a quien admirar estéticamente. Así, a los seis años, me gustaban las niñas estéticas: aquellas cuyos ojos brillaban, cuya tranquilidad compensaba su apariencia y cuyas palabras sonaban como una melodía. Así, de forma primitiva, me enamoré varias veces.

A veces recuerdo aquellos amores inciertos, aquellas caras infantiles, aquel pensamiento despojado de otra cosa que no fuera admiración y cariño, aquellas profundas ganas de decir “te amo” aunque su carga semántica no tuviera que ver con la actual. Era aquel momento en el que el tiempo no pasaba, y en el que la memoria no se preocupaba por llenarse. Caroline Ebel, Daniela Méndez, Andrea Agostini. Todas fueron admiradas en épocas distintas, todas de formas distintas. De ellas ideé un modelo primitivo: el esqueleto que llené de peroles y manguanguas con el tiempo y las experiencias.

Cada uno edifica su modelo a su tiempo, lo llena de cosas y le da personalidad: modifica esa forma primigenia, lo evoluciona y lo adapta a la época. Así nos enamoramos, así pensamos en la mujer ideal: una mezcla de esto con aquello, condimentado de esto otro, pero con esa base original siempre presente. A veces me pregunto cómo sería volver a los orígenes; cómo sería encontrarse con esa persona y sólo mirarla moverse y sonreír; cómo sería pasar un minuto de nuevo en la niñez. Yo aún (hoy) no he podido volver a vivirlo.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Los que si hemos vuelto por segundos, minutos o inclusive horas, desearemos siempre con fervor que el tiempo te favorezca. Mientras, llena tu presente de recuerdos, peroles y manguanguas que te acompanien, asi nunca vas a estar solo; yo al menos nunca te dejare estarlo. Te amo siempre.