sábado 3 de octubre de 2009

Bebé Gerber

Pensaba que era distinta porque estaba embarazada. Desde su puesto veía con envidia cómo se llevaban a sus amigas de Durazno, Pera y Manzana. Y ella, Guayaba, era la única que no era querida por los demás. Un día un niño la tomó, amagó que se la iba a llevar, pero cuando notó su embarazo la dejó de nuevo en el estante y no se dio cuenta de que la había dejado al revés. Ese fue el momento más feliz de toda su existencia, pero también el más triste, determinante. Al revés no podía comunicarse con sus amigas y era menos atractiva aún para la gente: se quedó aislada y sola. Por eso decidió despedirse de este mundo y abandonarlo todo. Así que hizo lo mismo que había hecho Mostaza aquél día: lanzarse al precipicio. En el instante en el que saltó recordó el momento de su embarazo, cuando en pleno camión desde la fábrica hasta el supermercado se golpeó con varios amigos, le entró un aire y empezó a abombarse. Todos dijeron que estaba embarazada. En el aire, mientras se aproximaba al suelo, se arrepintió de haber saltado; de que eso que llevaba adentro muriera con ella, aunque siempre tuvo sus dudas con respecto al embarazo, porque nunca se hizo una prueba.

Como estaba al revés cayó cabeza abajo y no quedó desparramada como Mostaza. Su tapa cedió con el golpe, ella dio media vuelta y giró en círculos por el piso, intacta, a su vez que todo el espeso líquido amarillo que tenía por dentro se le salió hasta que quedó vacía y se mantuvo esperando que lo que había parido le dijera “mamá”.

martes 14 de abril de 2009

Los hippies brasileños y dos atracos caraqueñísticos en Margarita

"Margarita era un paraíso antes de que llegaran los caraqueños a invadirla".

Esa y otras frases parecidas son las que se escuchan en el día a día de un residente insular. En la actualidad, la población de la isla ha crecido impresionantemente; y no porque sus habitantes hayan decidido suprimir los condones y las pastillas anticonceptivas de sus compras, sino porque cada mes se mudan aproximadamente cincuenta familias de navegaos a la isla. Para los margariteños un navegao es sinónimo de caraqueño y si alguien se atreve a decir "burda" o "marico" inmediatamente es etiquetado como eso. Tampoco es que todos nosotros seamos unos discriminadores y odiemos a los caraqueños, ¡no, señor, para nada!, sino que a los margariteños nos gusta diferenciarnos un poco; más bien averiguar la vida de los demás y tener etiquetado nuestro gran pueblo, cual foto de facebook: el hijo de la mocha, el tiranero que vende pescaos, la hija de Maricruz que salió preñá a los quince, pero que ahora trabaja de secretaria en el hotel Portofino y que conoció a un gringo (de Holanda) que (d)i(z)que se la quiere llevar a trabajar allá (¿de qué?), el marico de Playa El Agua, el de Playa Parguito, el del Cardón, el de Lechería, el de Maturín que vive en Boquerón, el de Macanao que no se sabe si es gay o si solo trabaja en el kiosko con el alemán, el alemán, la pareja de franceses que conocieron Margarita dándole la vuelta a un globo terráqueo y justamente les quedó el meñique en la isla, Chuito, Chenta, el vendepollos, los chinos que venden más barato que Mercal, el caraqueño que se mudó la semana pasada, el otro caraqueño que se mudó la semana antepasada, el otro caraqueño que se mudó hace un mes, el que se mudó hace mes y medio, hace dos meses, hace tres meses, hace un semestre, el que tiene un año, el que tiene dos años, el que llegó hoy porque dijo que antes que Miami prefería huir de Chávez en Margarita (quizá este caraqueño cree que huye de Chávez en vez de los seis, y quizá mañana siete, por nuevo decreto presidencial, alcaldes de Caracas [ocho si agregamos al ministro de Interior y Justicia que tiene la policía y nueve con el Gobernador de Miranda] –Bogotá, Río de Janeiro, La Paz, Moscú, Teherán, y cientos de ciudades en el mundo tienen un solo alcalde–).


 

El asunto es que Margarita está llena de caraqueños y que pasó de ser la playa donde uno que otro gitano venía a bañarse después de pasar por Macondo a convertirse en un suburbio más de Caracas donde se llega en media hora (cinco veces más rápido que si usted trabaja en Chacao y vive en la Cota 905) si se pueden pagar los doscientos del pasaje en avión (puesto que es imposible para cualquier político venezolano –desde el gobernador de Nueva Esparta hasta el ministro de Obras Públicas– imaginar algún día un tren submarino que le evite la gastadera de plata a los navegaos que se van a pasear todos los fines de semana a Playa Parguito, pero que viven en un limbo extraño entre los municipios Maneiro y Baruta. O al pueblo mismo de Boca de Pozo que tiene un familiar en Anaco, Upata o San Pedro y que por razones de humanidad, estética, los derechos humanos y la paz mundial no debería montarse en el ferry que no se hunde porque el espíritu de Fucho Tovar no lo permite). Un margariteño de verdad ahora no sabe cómo etiquetar a la gente. Ahora cualquiera que sea del sur es, presumiblemente, caraqueño; en el Oeste la cosa es como en la Isla de Coche, como hace setenta años, pero con Venevisión y teléfonos; pura peladera de chivo, perros muertos, tres panaderías y un liceo público. En el norte, el bello norte donde todavía no hay banda ancha y en el cable no hay MTV, la caraqueñidad no ha llegado con tanta fuerza; aunque ya se empiezan a ver esas urbanizaciones blancótomas entre Paraguachí y Playa El Agua con tejas rojas y un seguridad aricaguero en el portón donde la gente que la habita no sabe qué es un Icaco, llaman a las aguamalas "medusas" y a los microbuses "camioneticas". Ya no se dice "Hijo er diablo", sino "woon". El margariteño pura sangre se está transformando en un sobreviviente, en un indígena a la llegada de Colón.


 

La inseguridad también es un problema nuevo en Margarita. En la Isla, como en el resto del país y quizá en Latinoamérica, las zonas seguras no son seguras porque haya policías, sino porque no viven malandros cerca. En Paraguachí, por ejemplo, roban una casa cada cuántos años. Todo el mundo sabe quién es el que robaba y cómo lo hace, ¿denuncialo?, ¿Pa qué? Si a los tres días lo suelta la petejota de El Tirano sin hacerle nada. El ladrón de Paraguachí es un viejo maricón y pedófilo que anda por ahí caminando con una botellita de anís y que duerme cerca de la plaza. Siempre anda con dos carajitos como de doce años que según mi mamá se coge porque las mujeres no quieren andar con viejos verdes y él a los carajitos les da plata. El viejo maricón se metió una vez y mi casa y se llevó todo lo que podía cargar en un saco y a pie: un microondas, un VHS, un televisor de trece pulgadas y la batidora. La computadora 486 que teníamos no se la llevó porque tenía un monitor muy grande. A los dos años se metió otra vez y se llevó la computadora, más nada. A la semana pusimos una reja en la puerta y ya son cinco años que no se ha metido a robar. Otro de los ladrones es el iguano, que vive al lado de la casa y jugaba pelotica de goma conmigo. Él no es ladrón, ladrón, pero si tiene chance se roba alguito, porque el iguano es medio flojo y no le gusta trabajar. Una vez teníamos dos chivos en la casa. Cuando estábamos dormidos se llevó uno. Al día siguiente mi padrastro puso el machete al lado de su cama y durmió con medio ojo abierto. Cuando escuchó una bullita de la chiva salió con el machete y vio al iguano a quince pasos de él con la chiva. Lo colió hasta la esquina y más nunca se metió en la casa. Al día siguiente toda La Tagua lo sabía, nos habíamos quedado sin chivos y no se podía hacer más nada: nosotros quedamos como sapos y el iguano como ladrón. Habíamos sido robados a la margariteña.


 

Según las malas lenguas y algunos reporteros del Diario El Caribazo. La culpa de la inseguridad creciente es de la tragedia de Vargas, según, y vuelvo a repetir, según las malas lenguas, la culpa es de un gobernador imbécil que dejó que metieran el poco de damnificados en la isla que, al no tener trabajo (Quién dijo que un caraqueño de la costa –güaireño– sabía pescar), se metieron a choros. Y es que en Margarita no se trabaja más que pescando, atendiendo tiendas en Juan Griego o Porlamar, montando una bodega (que están quebrando por culpa de los chinos, Mercal y Rattan –si no creen pregúntenle a Josinés en Salamanca–), siendo puta en Playa El Agua (más rentable que choro porque pagan –me dijeron– en Euros: dar culo también es digno) o hablando inglés. Entonces viene esta gente a esta islita que tiene más población que toda Islandia, pero con la economía quizá de Jamaica, a joder la paciencia. Eso es según las malas lenguas. Ahora, los sopotocientos mil caraqueños que se han mudados de Chávez pacá no son mala gente ni nada. Sólo que en vez de adaptarse a nuestras costumbres: a comprar en Conejero en vez de en El Sambil, de decir "¡Miiiii!" en vez de "Carteluo"; uno el margariteño ahuevoniao es el que se tiene que adaptar a sus costumbres, como a hacer cola en el centro de Porlamar porque no saben manejar (Y quiera Dios que usted no cometa una infracción de tránsito en Margarita, porque inmediatamente un terruño bajará su vidrio y le gritará a toda voz con saliva y todo "¡Caraqueñitoooo, aprende a manejá!").


 

La caraqueñidad en Margarita ha aumentado la inseguridad, porque como dije antes, las malas lenguas dicen que es por culpa de ellos, otros le echan la culpa al gobierno que es la oposición en la televisión y a la oposición que es el gobierno allá en Sudamérica.


 

Después de este ridículo y largo desahogo provocado por mi nostalgia insondable y marica quiero hablar sobre una profesión que no había visto en Margarita antes del Éxodo y que vi esta Semana Santa. Un día de playa, estando estacionados frente a una mata de uva de playa, en la picó del vecino en donde provoca cantar "vamos de paseo, en un carro feo, pero no me importa…", se nos acercó un "Cuidador de Carros". Siempre he admirado esta profesión desde que leí aquel relato donde Aníbal Nazoa decía que son la mezcla perfecta entre un limpiabotas y un seguridad nocturno. El señor, con toda la pinta de margariteño de la costa posible, dijo que nos había cuidado el carro, que esperaba algo. Por supuesto nadie tenía plata, porque nos la habíamos gastado en empanadas de Pabellón y cocos fríos, así que sólo le dimos un bolívar fuerte. El señor no podía refunfuñar, puesto que hacía de pedigüeño frente a nosotros porque un buen cuidador de carros, según Aníbal Nazoa, anuncia que va a cuidar en cuando la gente se estaciona, no cuando se va. El señor puso cara de arrechera, de que lo habíamos robado, de que su trabajo esforzado de mirar la arena y bucear caraqueñitas todo el día valía más que un bolívar fuerte de unos ingratos en una picó. Y yo lo dije muy arrogante, "¿acaso este pedazo de tierra es tuyo?". Y eso fue como si le hubiera dicho que cuidar carros era malo; pero yo no dije eso. Y el tipo sacó un rastrillo y nos iba a colear cuando le dijimos que se calmara. Entonces el señor explicó que él TODOS los días rastrilla ese pedacito de arena donde caben como doce camionetas y que eso es suyo. (Y yo pensé, bueno, viejo marico, me voy a meter en tu casa, la limpio dos veces y te cobro alquiler después, ¿te parece?) Y dijo con cara de dueño, de fariseo, de piticaraqueño (porque ellos sí le deban al pobre hombre una cara de Guacaipuro) que le ocupábamos un puesto. Sin caer en tentanciones nos fuimos y maldijimos en nuestras cabezas al margariteño piticaraqueño. En la noche, fuimos a una discoteca. Y como dicen por ahí, uno lo que hace en la tierra lo paga en el cielo, o en el infierno o cuando se muere; cuando llegamos a Kamy decidimos estacionar en la carretera (porque no había otro sitio para hacerlo ¡cómo extraño los parquímetros de Irene Saéz, vale!). Ahí estaba un Gorila muy, pero muy alto y papiao, tan imponente que parecía que estuviera buscando una hembra permanentemente para procrear, que nos dijo que si nos queríamos estacionar ahí teníamos que pagar veinte simones de los nuevos. "Todos están pagando, papá, si no vas a pagar te vas, porque si no, no sabes qué le va a pasar a tu carro" y nos señaló a unos títeres hambrientos de destrucción con palos y clavos que estaban detrás de unos ladrillos en una parte oscura tomando cerveza y contando una paca de dinero más grande que la de un autobusero, pero con puros billetes de la hermosa Luisa Cáceres y de osos frontinos. Cuando salimos, a las 3am, no había rastro de ningún cuidacarro. Tres carros dispersos a lo largo de la calle sonaban sus alarmas arrítmicamente y lucían sus hermosos parabrisas destruidos y sus cauchos espichados. "Robaron a toda la discoteca" pensé.

A los dos días atracaron a Carmelito, al estilo metro de Caracas en un autobús de la línea Porlamar-PlayaElAgua que agarramos en Paraguachí. "Camelito que me des dos simones pal pasaje". Y Carmelito sacó su cartera del bolso y me dio el dinero. Luego, sacó algo del bolso y su cartera no estaba.

¿Cómo controlar esos robos, cómo la policía iba a saber que esos cuidacarros iban a estafar a toda la discoteca? Es una tarea casi imposible, pero mi única e irreal, romántica e ilógica solución es la deportación. Si usted robó, estafó, lapeó (véase diccionario de Paraguachireñismos en Facebook) en exceso, se va de la Isla sin derecho a regreso. Ese mismo día unos guardias nacionales, que casualmente habían jugado béisbol con Francesco y Carmelito cuando eran carajitos, agarraron a dos brasileños –hippies– que estaban metiéndose un pase de marihuana en Parguito. ¿Qué les hicieron a los hippies después? Primero les quitaron la marihuana y la vendieron, segundo les quitaron la plata que tenían y tercero los liberaron en Margarita para que sigan jodiendo la paciencia. Y no llamaron a ningún consulado brasileño, ni a la embajada, ni a nadie. Si yo fuera un hippie latinoamericano y estuviera en Europa haría una cosa así, para conseguir un viaje gratis en avión directo y de regreso a mi patria; no para lo que hacen aquí. ¡Qué falta de creatividad, no jodan guardias!

miércoles 8 de octubre de 2008

Amigos por Siempre

En la cola había un montón de gente. Estaba ahí porque iba con mi esposa a pasar la luna de miel: primero un rato en Orlando para ir a Disney y luego la iba a dejar unos días con una tía de ella que vive en Miami mientras yo hacía unas diligencias en una ciudad de Virginia llamada Langley donde unos del gobierno americano querían encontrase conmigo. No sé por qué en Virginia y no en Nueva York o Washington. ¿Qué cosa del gobierno habrá en Virginia que no en esas otras ciudades? No lo sé porque no me dio tiempo de averiguarlo en Wikipedia. Lo cierto es que a lo que voy es algo serio, porque así me lo hicieron notar.
En la cola abrí mi Facebook desde mi teléfono para matar el fastidio. Generalmente no estoy pendiente de eso, porque no tengo tiempo. Esa responsabilidad se la delegué a mi manager, ella agrega a todo el que quiera ser mi amigo y se encarga de responder y de escribir cosas como si fuera yo. Mientras estaba en la cola leí algunos comentarios de mi Muro:

“Luis Vicente Guia ha escrito a las 06:58
LA VENGANZA DE SOTO NO ES INCENDIAR EL PAIS, SI NO DEFENDER LOS VOTOS EL 23N Y SACAR A ESAS LACRAS: UNA POR UNA, Y PARA SIEMPRE!!

Estos tipos de comentarios me emocionan mucho. Hay otros que me fastidian. Son de esos que hacen las personas por jalabolismo, lo habían escrito el mismo día:

“Jaime Moya Pulgar ha escrito a las 08:29
hola yo ,me llamo Jayme, soy bastante fan tuyo, gracias por ser mi amigo. Eres la primera persona delatelevision q me hacepta. Los amigos de verdad se cuidan los unos a los otros y cuando existe una amista de verda nada puede interrumpila. Espero que x 100pre seamos amigo. AMIGOS X SIEMPRE!!!!!”

Luego están los nulos:

“Arnaldo Espinoza ha escrito a las 13:57
FUERZA HERMANO!!”

La cola de inmigración estaba avanzando cuando mi esposa me hizo notar que unos policías me estaban llamando. ¡Qué fastidio!, ¿qué querrán esos carajos?, no les daré plata.

Jaime siempre ha pensado que su compañero y él son como una especie de Pinky y Cerebro venezolanos. Claro, pero al revés, porque Jaime es Pinky y gordo y Cerebro es Yorgel, pero él es flaco. Jaime había conseguido el trabajo en el aeropuerto gracias a un pana que es amigo de su esposa que trabaja de facilitador en Misión Robinson, pero que tiene un primo que trabaja en el Inac. Él siempre pensó que para trabajar en el aeropuerto, así fuera de seguridad, había que tener un título de licenciado en algo, pero después Yorgel, que es más inteligente que él –según lo ve Jaime– le hizo notar que no era así. “Ni siquiera los pilotos de los aviones tienen títulos –le dijo Yorguel a Jaime un día– eso es pura paja de esa que hablan en la televisión. Manejar un avión es como manejar un carro, sólo que tienes que apretar un botón para prender las alas”. Cosas como éstas le decía Yorgel a él todos los días.
En el trabajo a veces les tocaba estar en la parte del detector de metales, otras veces en inmigración con unos perros y otras veces en la entrada viendo a las personas. A Jaime siempre le gustaba ver los pasaportes de las personas porque se imaginaba los sellos de otros países y coleccionaba en su mente los de países raros. Yorgel siempre le decía que eso era una estupidez, pero Jaime no le hacía caso; “a Yorgel lo único que le gusta es matraquear a los gringos cuando montan cosas ilegales en los aviones”, pensó Jaime. Él nunca fue totalmente sincero con su compañero, por ejemplo éste nunca supo que Jaime tenía Facebook y que se había hecho amigo de Yon Goicoechea.
Jaime soñaba con conocer a Yoni algún día, porque era la única persona de la televisión que lo había aceptado en Facebook, y su sueño más grande era poder hablar con alguien que hubiera salido en televisión, y ya había logrado algo: Yon y él eran amigos (aunque nunca hubieran hablado Jaime sentía una satisfacción al ver esa palabra en su perfil y ver la foto de Yon). Imagínense qué pasaría si Yorgel se enteraba de esto. Mínimo hacía que lo botaran del trabajo y del PSUV. Cuando Jaime le confesó que no había ido a votar el 2D porque pensaba que Chávez iba ganar igual, Yorgel no le dirigió la palabra por dos meses (a veces a Jaime se le olvidaba y le decía ¡hola! y Yorgel le respondía “por tu culpa perdimos las elecciones” y le reviraba los ojos y se iba) desde ese día Jaime aprendió a decirle algunas cosas a su amigo y algunas otras no.
Un día de aeropuerto Jaime vio a Yoni en la cola de inmigración. Estaba con una mujer, se veía aburrido y parecía jugar con su celular. Jaime quería correr a saludarlo y preguntarle ¿te acuerdas de mí? Soy tu amigo de Facebook, pero pensó que Yorgel podía verlo hablando con él. No sabía qué hacer, así que pensó que la manera más adecuada de hablarle era revisándolo. Entonces buscó a su compañero. Yorgel estuvo súper emocionado con la noticia, pensó en los dólares que podría hacerse si le conseguían algo al muchachito. Yorgel le dijo a Jaime que buscara a la gente especial de inmigración para que atendiera a Goicoechea y luego caminó hacia el guerrillero tirapiedras pequeñoburgués –como lo llamaban en su barrio– con una pistola detectora de metales y con voz altanera le dijo: “Muchacho, necesito revisarlo, venga”

Vi a mi esposa y en su cara había una expresión de qué más vamos a hacer, ya me acostumbraré, cielo. Caminé y vi al pendejo flacuchento que me iba a revisar. Me resigné y abrí mi maletica de mano, ahí frente a todo el mundo. Después de esto iba a tener que llamar a Federico. ¡Qué ladilla!, pensé. Dejé que le metieran mano a mi maleta y me calé las altanerías. El tipo no encontró nada y se iba a ir cuando llegaron tres más.

Jaime les dijo a los agentes especiales de inmigración que había venido Yon Goicoechea. De inmediato éstos les dieron las gracias, agarraron un aparato parecido a un escáner y una computadora portátil. En el camino Jaime les pidió un favor. “¿Pueden conseguirme una fotocopia de los sellos su pasaporte?”. Los agentes especiales de inmigración no se negaron, dijeron que lo harían por órdenes superiores y Jaime se puso muy feliz.
Dos de los tres tipos se metieron en una casilla especial de inmigración y me llamaron. En el camino el otro tipo, uno gordito, que acababa de llegar me dijo que tenían que revisarme la maleta. Luego se me acercó y me dijo al oído: “tranquilo, Yoni, no te pasará nada, recuerda que somos amigos”. Me imaginé que era un luchador social infiltrado en todo esto y que sólo lo hacía por el trabajo, así que no quise delatarlo y le dije “gracias, amigo, eres un buen hombre”. Se veía súper alegre y se puso a revisar mi maletín. El flacucho le dijo que él ya había hecho eso, pero mi amigo el luchador social le dijo que quería cerciorarse. Después me devolvió mi maletín y me acompañó a la caseta que habían abierto sólo para mí.

Jaime revisó el maletín de Yoni. Tenía cosas muy finas. Unas cartas de Uno, un emepecuatro muy raro con el dibujo de una manzana mordisqueada, dos condones (usa Durex –para Jaime son muy caros, prefiere los Te amo–), un libro que no le interesó, unos papeles y unos lentes. Él estaba súper contento, Yoni se había acordado de él y le había dicho amigo. Claro, aquí tenían que disimular porque estaba Yorgel, pensó Jaime. Luego lo acompañó a la caseta. El agente especial de inmigración de una manera súper educada (a Jaime le pareció que hablaba como una aeromoza) le dijo que necesitaba una copia de su pasaporte, que si era posible. Entonces Yoni dijo que él no tenía nada que ocultar y en vez de darle el pasaporte a los de inmigración se lo dio a Jaime que estaba a su lado viendo.

Le di mi pasaporte al luchador social y éste sin pensarlo lo abrió y no se puso a ver si era yo el que salía en la foto, sino que fue a ver a qué países había ido. El tipo estaba como bobo embelesado viendo y pasaba cada una de las hojas con lentitud y bobaliconería. Por un minuto todos nos lo quedamos viendo hasta que el flacucho le dio una palmada el cabeza muy fuerte que éste tuvo que darle el pasaporte al de inmigración. Éstos lo pasaron por una máquina rara (que al parecer le sacó una copia), me lo devolvieron sellado y por fin pude pasar al Duty Free. Antes de irme, volteé para ver al luchador social y éste veía como me iba con una cara muy triste. Le piqué el ojo y él también lo hizo y movió su boca, pero no alcancé a ver qué decía. Luego llamé a Federico y le dije “Alberto, necesito salir al aire urgente” y conté todo, fui aplaudido y entendido por toda Venezuela.

Antes de irse, Yoni le había picado el ojo a Jaime y éste le murmuró, para que Yorgel no escuchara, “amigos por siempre”. Más tarde, cuando Jaime llegó a su casa pasó toda la noche pensando si Yoni había logrado entender su última frase. Su esposa, como vio que no dormía, le preguntó que qué le pasaba y él le contó todo. Ella se molestó con él y lo mandó a dormir para el sofá. Al día siguiente lo habían botado del trabajo porque su esposa le había contado a su amigo; su amigo a su primo del Inac; éste a Yorgel y Yorgel a sus jefes y a la comitiva del PSUV.

miércoles 16 de julio de 2008

No es otra crónica de un concierto: Dream Theater

¿O sí lo es? Si lo fuera ¿debería empezar contando cómo fue que conocí la música de Dream Theater?, ¿debería decir que fue en casa de Francesco? En aquella época Pull me Under me parecía horrible y tantos solos me fastidiaban eran demasiadas canciones de ocho minutos y más donde el vocalista aparecía poco, eso no era, ni muy cerca, a lo que me tenía malacostumbrado MTV. Más tarde apareció un Dvd de la banda, quién sabe cómo; porque en aquella época vivía en Margarita, en un pueblo de dos mil habitantes llamado Paraguachí donde aún la conexión a Internet es por medio de dial up. Sí, fue en Paraguachí que conocí a Dream Theater y por culpa de Francesco. Luego me gustaron todas las canciones del disco Scenes a From Memory y empecé a buscar las canciones de los discos anteriores por allí y por allá. Hasta me sabía los nombres de todos los integrantes de la banda; menos el del vocalista que me parecía nulo –como a muchos de ustedes–.

Pasó el tiempo y llegó el momento de la universidad y con ello el cambio de ciudad y toda lo demás. En Margarita hay pocas carreras que elegir y si quieres salirte del clásico Informática, Turismo, Educación debes irte de la isla. Con la universidad llegaron nuevas responsabilidades, trabajos que entregar a tiempo y olvídate de tiempo libre, de ver el Dvd de Metrópolis todos los días, de saber qué discos nuevos ha sacado la banda, etc. En pleno primer semestre vino Dream Theater por primera vez y no fui porque no me enteré a tiempo. De Octavarium no había escuchado nada salvo el nombre del disco porque lo había pronunciado Francesco en una llamada telefónica que le hice un día.

Margariteño fuera de su tierra que no es nostálgico seguro que no es margariteño o no es nostálgico o es navegao. De ahí a que cuando me enteré de que Dream Theater volvía y que Francesco y Octavio –su hermano mayor: estudió Informática– iban a ir corrí a comprar mi entrada. Los días pasaban con emoción; me sentía como un niño esperando el veinticuatro de diciembre. Tres o cuatro semanas antes del día del espectáculo me llamó Octavio "mira, que pasaron el toque de Dream para Valencia, pide las nuevas entradas".

El día del concierto –pautado para las ocho de la noche– nos encontramos a las ocho de la mañana en Plaza Venezuela, cuadramos con Gustavo –un chamo que aparecía en www.dreamtheater.com.ve que ofrecía su autobús para llevar gente Caracas-Dream Theater-Caracas por ochenta bolívares fuertes– para irnos con él. Había, en la cola, un poco de gente vestida de negro. En mi autobús venían tres personas que seguí viendo después. El primero era un chamo con un cartel que decía Free Hugs, el segundo era Jonathan el guitarrista de una banda de black metal margariteña que se desintegró: Zwüitter, el tercero era margariteño también, pero yo aún no lo sabía. El bus salió a las nueve y a eso de las once y media nos encontramos en el Forum de Valencia. Fue la cola más larga de personas que había visto en mi vida, y eso que faltaban más de ocho horas para que empezara el concierto. Era muy fastidioso esperar. En Caracas había comprado un periódico y ya me lo había leído todo como dos veces. Le dije a Octavio que saliéramos a dar una vuelta para ver qué conseguíamos para comer y dejamos a Francesco en la cola. Caminamos, caminamos y caminamos y lo único que se veía era la autopista. Ya resignados a pasar hambre recordé que tenía una amiga en Valencia, porque los margariteños universitarios tenemos amigos en muchas universidades del país. Llamé a Mariana que estudia Odontología en la Universidad de Carabobo y que es margariteña también. Le dije que teníamos hambre, que el concierto empezaba en más de seis horas. Me preguntó que donde estaba, yo le dije que enfrente de una valla de gasolina en frente del Forum de Valencia. "No te muevas ya voy a buscarte". Le dije eso a Octavio y sonrió muchísimo. A los cinco minutos se apareció Mariana con una amiga, Andrea. Me monté en el carro y Octavio me dio dinero para que le llevara dos hamburguesas de pollo. Mariana me llevó al sitio de comida rápida y me regresó a la cola del concierto. Cuando entré al estacionamiento del Forum todos me veían o, mejor dicho, veían las bolsas donde traía la comida para llevar. Cuando llegué donde Octavio y Francesco y destapamos nuestras hamburguesas la gente empezó a llegar a nuestro alrededor y nos veía, los más atrevidos nos preguntaban dónde habíamos comprado eso. "No sé" pensaba: me había llevado Mariana. El asunto es que les dije a todos que tomaran un taxi y que fueran al Sambil. Luego le oraba a Dios pidiéndole que en el Sambil de Valencia estuviera ese sitio de comida rápida, porque Mariana no me había llevado al Sambil. Cuando acabamos las hamburguesas volvimos a preguntarnos qué hacer. Había un Bingo cerca del letrero que anunciaba los próximos eventos del Forum. Recuerdo que decía Mago de Oz, Alejandro Fernández y Guaqueríes Vs. Trotramundos. En ése instante Francesco y yo empezamos a cantar el himno del estado Nueva Esparta. Frente al bingo le preguntamos a uno de los de seguridad que si ya la sala de bingo estaba abierta. Él dijo que sí. Decidimos entrar abandonando al pobre Octavio en la cola. Cuando dimos el primer paso dentro del local se nos acercó un seguridad y nos dijo "Ustedes no pueden entrar" y yo le pregunté que porqué. Y él dijo que no podíamos entrar porque íbamos al concierto. "¿Eso que tiene que ver?".Dijo que eran órdenes superiores. Salimos del sitio decepcionados. Ahora ¿qué íbamos a hacer en las cinco horas restantes? Nos pusimos a caminar y a rodear el Forum. Era una zona inhóspita y había un restaurant de Sushi. Entonces, empezó a sonar algo parecido a The spirit carries on "¿son ellos Francesco?" Sí eran. Estábamos detrás del Forum escuchando todo lo que pasaba dentro, cómo ensayaban y cómo hablaban entre ellos. Le propuse a Francesco saltar, colearnos y verlos de cerca. Pero, entonces, llegó un seguridad y nos sacó de ahí.

Cuando regresamos a la cola Octavio había coleado a un poco de gente de Puerto Ordaz: amigos de Vicente –su hermano– que estudia ahí. Los chamos traían cámaras. Octavio les dijo que las pasaran. Cuando la cola empezó a moverse, a eso de las seis de la tarde estábamos agotadísimos. Yo no quería saber nada de conciertos. Saqué mi tiket, se lo dí al seguridad, me revisó y me dejó pasar. Hizo lo mismo con todos menos con el chamo de la cámara. Éste como no confiaba en dejarle su cámara al seguridad se fue hasta su carro a dejarla. Pasaba mucho tiempo y Francesco y yo estábamos alterados porque seguía entrando gente y nosotros no porque el chamo de Puerto Ordaz no llegaba. Le dijimos a Octavio que se quedara con él y Francesco y yo entramos. Eso estaba muy lleno. Nos íbamos a poner en una esquina cuando, de repente, alguien llamó a Francesco. Era otro margariteño. Nos tratamos de meter con él más adentro pero estaba muy difícil, la gente hacía mucha presión. Había otro margariteño también, era el del autobús. Eran las seis y media y, si el concierto empezaba a la hora acordada tendríamos que aguantar hora y media entre la marea de gente, cansados y empujados. Entre el aburrimiento y las ganas de hacer algo empecé a cantar el himno Nacional, Francesco y los dos margariteños me siguieron, pronto todo el fórum lo estaba cantando. Sólo llegamos a la primera estrofa. Luego cantamos el Himno al árbol y cuando nadie quiso seguir cantando entonamos el Himno de Nueva Esparta. Toda la gente calló y se pusieron a escucharnos. "Gloria Margarita, la perla de Oriente, Gloria Nueva Esparta, patria de valor…". El tiempo siguió pasando hasta que llegaron los teloneros RC2 y una hora más tarde se apareció Dream Theater. Ese día fue que aprendí que el vocalista se llamaba James La brie. Los cuatro margariteños llegamos a la tercera fila frente a John Myung –el bajista–. Pero no tardó mucho en que volviéramos al final de nuevo con la presión de la gente. El resto es lo normal que puede pasar en un concierto: todos completamente emocionados por el gran espectáculo de rock. Una cosa me sorprendió mucho: no tocaron The spirit carries on.

martes 22 de abril de 2008

Un refill de Coca-cola para mí también

En el camino de Subway a mi casa uno siempre puede encontrase un ejemplar de la fauna de la ciudad. Ese día, por ejemplo, me tropecé con un mendigo: "Sálvame con una moneda" me dijo. Yo puse cara de qué atrevimiento el del señor y seguí caminando sin prestarle atención. La gente pobre siempre me da cosita. La cosita es algo raro disfrazado de sentimiento que se siente cuando alguien quiere o desea sentir algo más por obligación que por emoción real. La cosita es tataranieta de la tristeza con un poquito de hipocresía: "Ay, Fabricio, mira a ese pobre hombre", le dice una mujer a un insensible genérico. "Sí mi amor, me da tanta cosita", luego estas personas se van como si nada y el hombre sigue ahí por el resto de sus días provocando cosita en cada una de las personas sin que nada, ni nadie se tome un sólo día a atenderlo. Así como a Fabricio, el mendigo a mí sólo me dio cosita. A veces la cosita dura poquito tiempo; a veces dura más y nos hace pensar en otras cosas. En el camino a Subway, después de ver a ese mendigo, me puse a pensar en la gente pobre, en la gente muy pobre, ellos siempre me han dado cosita. Pensaba en una señora mayor y soltera que tenía que alimentar a sus cinco muchachos, pero siempre como un imbécil, racional, llegaba a la conclusión de que era su culpa. ¿Quién la manda a tener tantos muchachos? Se hubiera ligado con uno. Si es imbécil la vieja. ¡Qué trabaje por huevona! Le gusta hacerlos, pero no mantenerlos. Mi abuela tuvo seis y los pudo mantener a todos y sacó palante a la familia, sin problemas: trabajando. Entonces pensaba en mi abuela y en el amor que nos tenía a todos, incluso a mí el hijo de su hija. Mi abuela, ella si era una buena señora. Le pasó igual que a la vieja imbécil de mi imaginación. Luego pensé que ella, la vieja de imaginación, podría ser como mi abuela y la perdoné y me perdoné a mí mismo por pensar en estas cosas y me di cosita; me di cosita a mí mismo y quise ayudarme, pero era muy tarde sólo podía darme cosita y es que eso era lo único que podía sentir. Además ya había llegado a Subway y cualquier cosa estúpida como esta tendría que olvidárseme.

"Quiero bastantes pepinillos y poca lechuga, no me eche cebolla y póngale pimentón", decía como un robot que va a recargar su gasolina sin plomo, no para conservar el ambiente, sino para aparentar, con sus amigos que lleva en el carro, que paga la gasolina más cara. Mientras mordía el rico pan empezaba a sentir un sabor indescriptible. El Cheddar derretido con tocineta, los pepinillos con miel mostaza, ¡Dios! Ese sabor que sólo nos puede dar el capitalismo, la acumulación de riquezas. Cada vez que mordía me sentía poderoso, sentía que era mejor que los demás que estaban en el restaurante porque mi pan era más rico y porque yo había pagado más, porque era más grande. Entonces veía a la gente de afuera y me sentía mejor que ellos porque tenían que comer en sus casas, porque eran pobres y no habían tenido suerte como yo. Cada vez que mordía el pan era el rey del mundo, era el mejor del mundo. El pan era un vicio para mí. Veía cada vez que mordía a mí alrededor y observé a los empleados. "Pobres inmundos", decía. "Pobre imbéciles, sólo están para servirme a mí". Había uno, parecía un estudiante universitario. A él lo repudié porque yo era mejor que él, porque yo también era estudiante universitario y podía estudiar en una universidad privada y todo me lo pagaba papito y él, como un imbécil, tenía que estudiar y trabajarle a un capitalista de mierda y darle real, sólo para mantenerse en sus estudios como un mongólico soñando que va a descubrir algo y que va a sacar a su familia adelante. ¡Ah! –Pensaba cada vez que mordía– pobre iluso, pensando que va a sacar a su gente de abajo. Y yo me reía mentalmente, decía que siempre iba a ser mejor que él, porque mi familia era mejor a la suya y era imposible que me sobrepasara. Luego vi a otro niñito, tenía una camisita que lo diferenciaba de los demás y tenía unos cuantos botones. Parecía que había una especie de jerarquía en este sitio de servidumbre. Este gafito era el que le cobraba a la gente, fue el que me dijo el precio de mi submarino y que cuando saqué mi tarjeta dorada se sorprendió y yo lo miré con arrogancia, como queriendo decir, si eres iluso, jamás tendrás una así.

Después vi a alguien que me impactó y que me hizo cambiar un poco. Vi a la vieja imbécil de los cinco muchachos. ¡Dios, no puedo seguir pensando en gente pobre porque se hace realidad! La vieja imbécil estaba ese día fregando los pisos como loca, trapeando, limpiando de aquí a allá. Entonces entraba en la cabeza de la vieja estúpida y miraba sus pensamientos. La vieja pensaba en sus hijos, en sus cinco muchachos hambrientos en un barrio. La vieja trapeaba con fuerza para ellos, trabajaba por ellos, trataba de salir adelante por ellos. Cada coletazo que daba se lo dedicaba a un hijo suyo, cada movimiento era en nombre de ellos. Entonces salí de su cabeza y me dio cosita de nuevo. Recordé a la vieja y recordé a mi abuela y volví a perdonarla.

La vieja era una especie de heroína del local. Un día el mendigo que me pidió las monedas de camino a Subway encontró un vaso de este restaurante en el piso de la calle. Él lo recogió y se aventuró a hacer un refill en el local. El mendigo entró a Subway todo apestoso y maloliente. La vieja trapeaba como loca cerca de los baños: un lugar opuesto a la máquina de hacer el refill, así que no pudo notar cuando el mendigo se aventuraba a hacer su acción de supervivencia del día. Resulta que unos sifrinitos empezaron a pegar gritos cuando el mendigo entró. Estaban asustados, aterrados, tenían tanto miedo de que alguien con tan poco dinero y maloliente pudiera hacer lo mismo que ellos hacían. Con estos griticos de niña, la vieja se dio cuenta de lo que estaba pasando e inmediatamente sacó al pobre mendigo del restaurante de comida rápida. El pobre hombre ni siquiera pudo hacerse con medio vaso de Coca-cola. Cuando la vieja logró sacarlo a punta de coletazos, le echó encima el agua sucia del balde donde lavaba el coleto y el pobre mendigo se fue un poquito más limpio de cómo había entrado a Subway, pero con las manos vacías. El mendigo jamás se volvió a aparecer por allá. Para suerte de la vieja el dueño del local estaba viendo todo esto y desde ese día la declaró heroína del Subway. Esa noche el dueño del local le dio a ella dos submarinos de treinta centímetros para sus cinco hijos y una chapa que decía "Sub-hero". Desde ese día todos respetan a la vieja y la ven como una eminencia. Esa noche, cuando la vieja llegó a su casa, sintió cosita y se imagino al pobre mendigo en la calle, tapado por un cartón y con el vaso de Coca-cola vacío.

Cuando descubrí el orgullo de la vieja, lo que sentía por sus hijos y lo que le había sucedido con el mendigo me dio cosita con ella. Ese día –el que fui a comer a Subway– llegó el dueño del local. Era un tipo elegante, limpio, con buen olor. Tomó un vaso del stand y se hizo un refill de Coca-cola. Mientras esperaba que se llenara le hizo un guiño a la vieja. Ella se acerco y con toda la amabilidad del mundo le preguntó que si deseaba algo. Él le dijo que no, que muchas gracias y con toda amabilidad se quedó supervisando y mirando a los clientes. Primero vio a unos de aquel lado, luego a otros de este y me vio a mí.

En el instante en que entraba el dueño del local a Subway yo terminaba de comer mi submarino. Ya no me sentía tan rey del mundo. Me sentía lleno. Entonces empecé a envidiar a los que estaban de aquel lado y de este, veía sus panes y deseaba no haber comido para estarme comiendo los de ellos. Luego vi a ese señor entrando por la puerta; tan elegante, tan perfumado, tan adinerado. Lo admiré, pero también lo envidié. Entré entonces en la cabeza del señor y veía a las demás personas con cosita, los veía como seres inferiores de los que él se aprovechaba para hacerse más rico. Reía hipócritamente y era amable porque esto le producía más dinero. Pasaba por cada una de las personas en el restaurante y pensaba lo mismo. Cuando se detuvo en mí, cuando me miró no fue diferente. Se decía a sí mismo "pobre muchacho, comiendo aquí sin saber que no se alimenta sino que me alimenta a mí, estúpido ser inferior, gusano". Luego el dueño de Subway pensó que todo esto estaba mal y le di cosita y le dimos cosita todos dentro del restaurante. Y no había nadie en todo Subway, en ese momento, que no sintiera lo mismo.

jueves 27 de marzo de 2008

Alrededor de La plaza Bolívar

Al principio el camino era de tierra y los dos jóvenes venían a escondidas de los padres. Se miraban y miraban a su alrededor: la iglesia, la pila y de agua, un hombre con dos baldes esperando que se llenaran en la pila de agua, la casa del alcalde, la alcadía, tres casas, unos bancos. Juanita y Ernesto habían acordado encontrarse allí porque era un pueblo cercano a donde ellos vivían y porque pocos -o casi nadie- los conocían en ese lugar.
Se encontraban en un banquito de cemento; se miraban indirectamente en una mezcla de pena y respeto. Cuando sus ojos se encontraban en una misma línea eran retirados con velocidad. Ernesto sólo se atrevía a besar la mano de Juanita dos veces por encuentro: cuando se encontraban y cuando se despedían. Estos eran sus momentos favoritos y esperaban con ansias el próximo encuentro; esos dos segundos en los que una parte de la piel de él tocaba la de ella. Aparte de ellos muy pocos usaban los dos bancos de la placita que estaba frente a la Iglesia San José.
Los días pasaban y la plaza seguía siendo la misma. De vez en cuando alguien usaba un banquito para esperar que se llenara el balde en la pila de agua. El domingo, un poco antes y después de la misa, era el único día en el que los bancos eran ocupados por más personas. La gente rezaba avemarías y padrenuestros de memoria; algunos oraban por sus familiares; otros, sólo lo hacía cuando veían que el padre se acercaba a abrir la Iglesia.
El tiempo fue pasando y entre el sol y la lluvia fueron agrietándose los bancos: deteriorándose. Muchos tocos caían sobre ellos y, a su alrededor, se podrían. Los pajaritos que vivían sobre las matas de la plaza cagaban por allí también. Los bancos olían muy feo, nadie quería sentarse en ellos: muchos bancos estaban en el suelo, la Iglesia se estaba desconchando y había muchas flores marchitas. La plaza estaba muy fea; hasta el señor de los baldes de agua esperaba parado.
Un día la casa del alcalde y la alcaldía se unieron en un solo bloque. Alguien se dio cuenta del estado de la plaza y el problema de las flores se solucionó de inmediato. La plaza quedó como un cementerio.
Tiempo después otra persona volvió a ver la plaza y ésta se modificó por completo. Tanto así que las únicas cosas que se mantuvieron en su sitio fueron las matas de toco, la pila de agua y la Iglesia. Los bancos de cemento y las flores habían sido eliminados. Llegaron los bancos de metal y con espaldar. Sin embargo, la Iglesia seguía desconchando y el hombre de los baldes seguía buscando agua de la pila. Incluso, ahora como la calle estaba asfaltada el hombre traía una carretilla con varios baldes. Juanita y Ernesto no ocupaban los bancos; ahora había parejas casi todos los días y a veces se veía a alguna a tempranas horas de la noche. Los tocos y los pajaritos seguían hacíendo de las suyas en la plaza, pero ahora, de vez en cuando, venía un hombre a limpiar la suciedad.
A medida que el tiempo pasaba más gente usaba los banquitos de la plaza. Ahora había chicles debajo de ellos y de nuevo el sol y la lluvia los atacaban directamente. Todo se desconchaba de nuevo, el hombre seguía buscando agua en la pila, y el hombre que limpiaba no se vio más.
Cuando la alcaldía construía su segundo piso alguien vio desde arriba a la Iglesia desconchándose. Esto provocó que la plaza se modificara completamente de nuevo. Regresaron las flores, se cortaron algunos brazos de la mata de toco, se desconchó completamente la Iglesia y se pintó. Se pusieron unos banquitos de madera barnizada con patas de metal. Una de las casas abandonadas cerca de la plaza se convirtió en una biblioteca, a la que le pusieron el nombre del alcalde. Se puso un busto de Bolívar al lado de una de las matas de toco y, para que combinara, se pintó de blanco la pila de agua. La fe le volvió al pueblo y la plaza Bolívar de Paraguachí estaba más llena que nunca. Muchas parejas se encontraban a toda hora; incluso en la madrugada, aunque sus encuentros no eran como los de Ernesto y Juanita.
La alcaldía era cada vez más alta a medida que pasaba el tiempo y la plaza se refundaba una y otra vez. A veces se refundaba con flores; en otras ocasiones se eliminaban y en otras se dejaban marchitas. Sin embargo lo único que nunca cambió fue el hombre que buscaba casi todos los días el agua en la pila de la plaza.

lunes 4 de febrero de 2008

El tenor

Entré al hueco sin ningún problema, eran las nueve de la noche y no había mucha gente. Bajé las escaleras eléctricas, saqué mi ticket y vi a esos que hacen la cola porque nunca tienen para el multiabono. Llegué a los torniquetes mientras unos disfrazados de Daddy Yankee se ponían a hablar frente a ellos impidiendo el paso fluido. Era incómodo y olía mal. Era normal, me decía. La señora que le pegaba al niño bajaba delante de mí las escaleras. Abajo muy detrás de la raya amarilla me fijaba en la gente. ¿Qué más iba a hacer? El de los zapatos Nike forcejeaba sin verle la cara al del zarcillo para ver quien se pegaba más a la raya amarilla, la señora de al lado hacía gestos de desaprobación con su cara, pero ni por el carrizo se le ocurría irse a otro lado de la estación lejos de la demostración de superioridad por parte de los machos. La señora que le pegaba al niño se besuqueaba con un gordo de pelos en las axilas mientras el niño nos chillaba su melodía. La melodía del niño era una pieza musical entre una selva de fieras que se consumen unas a otras. Al final de la estación veía a una mujer sacándose la pintura de las uñas con un algodón que dejó en el piso cuando llegó el tren. En ese momento me quedé atrás observando la guerra de empujones y palabras. Para ellos esto era una rutina y tenían un guión de palabrotas preestablecido. Salieron y entraron todos en una semifusa. El niño seguía chillando. Quedaban dos segundos. Entré. No me empujó nadie.

En el vagón había pocas personas comparado con una hora pico. Adentro un hijo de Daddy Yankee ponía la música de su celular a todo volumen, mientas que sus amigos chita y chispita cantaban y hablaban de procrear con hembras. El niño llorón estaba con su mamá que le pegaba adentro. Seguía sonando su música y su mamá, cual instrumento, tocaba con más fuerza. El señor con pelo en las axilas le agarraba la cintura. Yo veía cerca la puerta sin querer adentrarme en la selva, sin querer ser devorado por alguna fiera hambrienta. Otra estación, empezaría la guerra. La marea me condujo hasta el interior del océano y luego me devolvió a mi sitio. Entró una señora: que soy pobre, que no tengo que comer, que estoy abandonada, que por favor dinero. La vieja parecía mudar la piel, daba lástima. Cuando hablaba todos volteábamos nuestras caras fingiendo no escucharla. Yo hacía las veces de tocar mi bolsillo y no encontrar nada. Sentí algunos billetes que había sacado del cajero. Me dije, no puedes dárselos, tú tampoco tienes qué comer. Un muchacho por aquí y otro por allá le daban alguna que otra moneda. Ella los bendecía y les suplicaba a los demás. Nadie más respondió. Salió y dijo con tono altanero "aquí nadie tiene plata y se montan en metro, van pal Sambil y gastan". Mi cerebro inmediatamente buscó una de esas fórmulas prediseñadas que tenemos para darme cuenta de que la señora no tenía razón. De que ella no tenía por qué decir eso, no hay derecho a ningún reclamo, además el pasaje del metro vale 50 céntimos. Empecé a preguntarme cuantas personas podía haber en el vagón y llegamos a Plaza Venezuela. Comenzaba la corriente a llevarme por la selva, a ser tocado en mis partes y a escuchar las onomatopeyas de los animales. De nuevo se estabilizó. Dentro seguía la melodía clásica del niño interpretada por su madre y auspiciada por el señor de las axilas quienes hacían competencia con Daddy Yankee, chita y chispita. Traté de pensar cuantas personas podía haber y me dije que cincuenta podía ser un buen número.

Entramos al túnel otra vez. El tren se detuvo. "Estimados usuarios hemos presentado fallas en nuestro sistema, en breve reanudaremos el recorrido". La música paró, se oían algunos cuchicheos. El niño dejó de chillar, ahora sólo se escuchaban susurros. Había un oficinista quien se echaba aire con el periódico; un rastafary con audífonos que movía la cabeza de arriba abajo y ponía los ojos en blanco. Sólo se escuchaban susurros. La selva se había tranquilizado por un instante y sus criaturas habían dejado de atacar a las otras. Todo era paz, susurros y calma. De pronto, se fue la luz. El gallinero se alborotó, muchos gritaban incluyendo el niño que era tocado por su madre imponiendo el ritmo a la melodía. Ella era la única violinista de la orquesta y el niño el único violín. Yo seguía de espectador auditivo. La oscuridad era total lo que me ayudaba a concentrarme en la música. Sonó por un instante un instrumento raro y me cagué. Me agaché pegado a la puerta y a la tablita de una de las sillas mientras seguía devorando mi concierto. De repente entró un tenor. "Señores y damas… esto no lo hago por mí, es por mi vieja a quien no le dieron nada. Se me bajan de la mula ya o los quiebro a todos". Levanté la cabeza para observar y lo único que vi fue la lucecita de un celular que medio mostraba una mano agarrando una pistola. Cuando el tenor se calló inmediatamente fue aceptado por el público y estallaron los aplausos. Sonaba la quinta de Beethoven, La Llamada del Destino. El violín de la mamá sonaba más desesperado de lo normal, pero aún así la música era buena, tenía ritmo. Aumentaban los aplausos, la velocidad, el suspenso. Se incorporaba la flauta, el clarinete en Si bemol y en Do, los oboes, los fagots. Yo me levantaba de mi asiento para aplaudir y tocaba el botón y nada. No había luz, si me pillaban me mataban. Seguía intentando y nada. Pensaba que no podía ser visto. La gente se quejaba y entregaba sus pertenencias al tenor que estaba callado y aún señalaba su instrumento con el celular. El violín aumentaba en velocidad y era apoyado por algún contrabajo. Llegó la luz, sonó la trompeta por fin. Todos vimos al tenor que nos había inspirado con su voz, quien sin querer culminó la obra con su instrumento por la sorpresa provocada. El violín calló, silencio total, las gotas de sangre en la ventana, la mamá con un grito ahogado, yo tocaba la trompeta de nuevo. El arma cayó también. Los amigos de Daddy Yankee se fueron sobre el tenor junto al oficinista y el rastafary. El arma llegaba a mis pies. Todo era de nuevo una selva, se habían convertido en zamuros que estaban esperando la muerte del león para comérselo. Para la madre aún sonaba La Llamada del Destino y yo seguía tocando la trompeta esperando que llegara el tren a la otra estación.