miércoles 19 de octubre de 2011

Sólo con la mirada


Moisés Lárez
Para Ariana Marcano

En la niñez uno cree que es muy difícil conocer al amor de su vida. Uno empieza a tener más inteligencia que el perro, se está aprendiendo el nombre de los colores y está jodiendo a una caraja, como de 24 años que le tocó sacar la licenciatura en la UDO, con el ma-me-mi-mo-mu, ca-que-qui-co-cu.
El concepto del amor puede ser algo así como lo que veíamos en las telenovelas mientras mamá nos acostaba a dormir o esa relación rara que mantenían papá y mamá de amistad con besos en la boca. Eso podía ser el amor.

Sin embargo, uno sí se enamoraba.

A veces, la adultez nos hace olvidar ciertas cosas; los recuerdos felices de la infancia pueden quedar trancados por frustraciones, traumas o pare de trastornos psicológicos que duermen al Peter Pan dentro de uno. Más allá de las ganas de besar a alguien: cosa sin sentido y poco higiénica. Lo que sentía de niño era distinto. El amor era una admiración por la belleza; esta última palabra entendida como un concepto también primitivo para alguien de tan poca edad y sin experiencia.

La belleza primitiva era como todos los estados primigenios: tosca y básica. Una búsqueda por el físico perfecto, pero no cualquier físico; ya que al no existir instintos sexuales fuertes, esta necesidad era la de encontrar a alguien a quien admirar estéticamente. Así, a los seis años, me gustaban las niñas estéticas: aquellas cuyos ojos brillaban, cuya tranquilidad compensaba su apariencia y cuyas palabras sonaban como una melodía. Así, de forma primitiva, me enamoré varias veces.

A veces recuerdo aquellos amores inciertos, aquellas caras infantiles, aquel pensamiento despojado de otra cosa que no fuera admiración y cariño, aquellas profundas ganas de decir “te amo” aunque su carga semántica no tuviera que ver con la actual. Era aquel momento en el que el tiempo no pasaba, y en el que la memoria no se preocupaba por llenarse. Caroline Ebel, Daniela Méndez, Andrea Agostini. Todas fueron admiradas en épocas distintas, todas de formas distintas. De ellas ideé un modelo primitivo: el esqueleto que llené de peroles y manguanguas con el tiempo y las experiencias.

Cada uno edifica su modelo a su tiempo, lo llena de cosas y le da personalidad: modifica esa forma primigenia, lo evoluciona y lo adapta a la época. Así nos enamoramos, así pensamos en la mujer ideal: una mezcla de esto con aquello, condimentado de esto otro, pero con esa base original siempre presente. A veces me pregunto cómo sería volver a los orígenes; cómo sería encontrarse con esa persona y sólo mirarla moverse y sonreír; cómo sería pasar un minuto de nuevo en la niñez. Yo aún (hoy) no he podido volver a vivirlo.

lunes 27 de diciembre de 2010

Un cliché guayanés (breve de mi nacimiento)


Nunca nadie me dijo cómo había sido exactamente.

El parto estaba planeado para un día de enero. Todo el mundo esperaba que fuera un día ni tan cercano a los primeros del año, ni tan lejano para ser acuario. Supongo que mi madre sufrió una de esas alteraciones posviajes donde todo el organismo cambia porque no se encuentra en su hogar.

Yo vine a nacer en Ciudad Bolívar. Como hasta los 12 años pensé que era una mítica ciudad, por el salvaje Orinoco que dividía el territorio con el estado Anzoátegui; por el macizo, que según mi madre evitaba todos los terremotos en Guayana, y por la televisión por cable que no había llegado a Margarita.

Mi mamá había viajado para allá porque mi tía Xenia vivía ahí y acababa de tener a Javielito. Con él nació una rivalidad que dura hasta ahora. A veces somos tan iguales que a excepción de un dígito compartimos el mismo número de cédula y tan diferentes que no se sabe si somos primos, enemigos, hermanos o totales desconocidos. Él, de un parto normal, tenía un peso increíble, “nació bien alimentado”, había dicho el médico; mientras que yo, nacido una semana después, parecía un prematuro normal: “a la incubadora”, dijo el doctor.

Mi papá no se creyó la historia. “¿Un ochomesino el día de los inocentes? ¡Vayan a engañar a otro!”, dijo mientras estaba con algún amigo en Porlamar. Al final mi abuela llamó a mi abuelo, mi abuelo a mi papá y se creyó el cuento a medias. Cuando llegó a Ciudad Bolívar al día siguiente y me vio, descubrió que no era un chiste.

Para mi madre fue menos complicado. De verdad yo no di ningún indicio de nacimiento, supongo que no quería andar molestando a la gente. Es como una inyección; si te dicen “te van a inyectar mañana”, pasas toda la noche pensando en la puyada. Mientras que si no te dicen nada, te llevan al médico y, de repente, te sorprenden con una inyección, será menos traumático. Así fue para mi madre. Fregó los platos del almuerzo, se sentó en una cama a ver “Cambalache” por Televén y se dio cuenta de un charco extraño. Mi abuela que andaba por ahí le dijo que había roto fuentes y mi mamá no se lo creía. De verdad no sentía nada. Mi abuela dijo “vas a parir” y mi mamá “bueno, dile a Xenia que prenda el carro”.

Entonces, nací y mi papá no creía nada. La gente tiende a hacer bromas los 28 de diciembre. Yo nací ochomesino.

Con mi papá vino mi padrino. Mi padre tenía la costumbre de no abandonar a sus amigos, y ellos tampoco lo abandonaron a él. Era un momento de bonanza económica o por lo menos para los Lárez de Carapacho. Aunque mi padre siempre rotaba sus compañeros de camaradería, con el tiempo unos fueron quedándose y apareciendo cada cuántos años, otros, pocos, fueron leales y frecuentes hasta el día de su muerte.

Días después fueron a registrarme a la prefectura del Municipio Heres. Con una partida de nacimiento interesante, fui inscrito años después en un colegio donde la mayoría de mis compañeros eran inscritos con sus pasaportes suizos o alemanes o partidas de las prefecturas de Mariño, Baruta y Vargas. Gracias a Heres, pude presumir unos años.

No sé cómo fue la primera vez que sentí el calor de Margarita, pero fue ocho días después de mi alumbramiento, ya en 1989. Con los años fue creciendo una relación amor-odio con la isla. Se convirtió como en una madre a la que se deja por ir a la universidad en otra ciudad. Afuera la queremos y la extrañamos mucho y la llamamos por teléfono a cada rato. Pero basta que uno pase un mes bajo sus leyes para querer salir de su jurisdicción.

Así crecí en Margarita, en donde a veces presumí mi escasa guayanitud, pero luego, afuera, en tierra firme, siempre hable de mi margariteñidad. Sin duda una perla que me dio acento, léxico, calor e himno. Algo que no cambiaría.

lunes 26 de abril de 2010

Dámelo o te mato

Cuando pasaron por ahí vieron el montón de mujeres llorando. Los pocos hombres que vieron servían de consuelo y apoyo. Sólo estuvieron ahí un instante. Mientras seguían su camino por Bello Monte.

“Si no te quedas tranquilo, te mato”.

Su mamá se hubiera enterado, cuando la señora Edi, una buena doña que le alquilaba una habitación por el precio de hace una década, la hubiera llamado. Ella hubiera llamado a Manuela, la novia con la que estuvo los últimos cuatros años, y ella le hubiera dicho a sus amigos que justamente estaban pasando por ahí y la escena hubiera sido la misma, excepto que no hubieran seguido de largo, sino que se hubieran quedado llorando un rato en la película que formaba estar frente a la morgue.

“Si intentas correr, te mato”.

El problema había sido que no tenía real. No tenía para comer en la calle y tenía que esperar que hicieran la sopa en el apartamento donde vivía. Siempre que le invitaban sopa los domingos era el último en comer y éste no fue distinto. Ana y Franklin tenían media hora esperándolo en la salida del metro y él no podía hacer nada. Tenía que quedarse a esperar que le dieran la sopa. No saldría sin comer. Ana y Franklin podían joderse esperándolo en el metro o se podían ir sin él.

“Dame el celular o te mato”.

Él dijo que le hubiera gustado que en Instituto de Filología hubieran llamado la Sala de Lectura con su nombre o por lo menos la Sala de Reuniones de la Maestría en Lingüística. Seguro cuatro gatos hubieran hecho algo sí moría. Probablemente Kozak no evitaría la mención en clases. Franklin fue el único, en el carro, que tomó la iniciativa y dijo que él hubiera cogido todos sus escritos y los mandaría a publicar en El Perro y la Rana.

“Pira, chamo, pira… ¿o estás esperando que te mate?”

-¿Qué mierda es ésta? Esto no es un Blackberry. ¿A quién le quitamos este pedazo de mierda? Bota esa mierda.

-Es una Palm dice ahí. No la botes, Wincho, capaz es una vaina cara que compraron en Estados Unidos y la podemos clavar por ahí bien fino.

-¿Y quién va a tener un cargador de eso, relambeverga?

-No me trates así, con tu palabruchas orientales el mío. Mira que yo no ando con pasiones. Esa Palm me la quedo yo. Vas a ver que vale billete. El peo es que no la sé manejar. Voy pa casa del Goifri pa’ ver que hace.

“o te mato, ¿no oiste?, te mato”

“Si hubiera muerto por una palm, hubiera sido inútil”, pensaba él. Primero, las Palms son muy complicadas y ésa que él tenía estaba obsoleta y descontinuada. Tanto así que en EEUU ya no les paraban bolas y ésa que compró en Movistar hace casi un año ya la estaban vendiendo por la mitad del precio original. Nadie las quería y en todos los foros en Internet de Palms Centro decían “qué hace usted con ese aparato tan viejo y descontinuado”. Sí, su Palm tenía problemas. A veces cuando entraba una llamada, se reseteaba o apagaba. A veces, cuando se conectaba a Internet se quedaba pegada como si quisiera dárselas de Windows Vista con 512 de RAM. Además desbloquear el teclado era un rollo tan grande que sólo él lo sabía hacer. Moisés se preguntó si los malandros habrían botado su Palm a El Guaire como hace tiempo unos malandros lo hicieron con un reloj Technomarine que tenía Manuela y que no encontraron en su bolso cuando ella llamó a su teléfono para ver si había chance de que le devolvieran sus cosas: simplemente le dijeron "botamos todo a El Güaire, sólo nos quedamos con el celular, anda a buscar tus mariqueras ahí".

“No te muevas. Esto es un atraco. Cualquier cosa que hagas y te mato”.

Moisés bajó por el ascensor. Mientras descendía le mandó un mensaje de texto a Franklin preguntándole que por qué salida de Plaza Venezuela lo estaban esperando. Esperó que le dijeran que por la del metrobús porque era la más cercana, pero no le respondió. Así que bajó decidido a ir por ésa.

Los malandros tenían un contacto en la Metropolitana que les había dicho que hoy no harían patrullaje por ahí ni por la zona sur de Maripérez, así que tenían luz verde para lo que quisieran. Poco se preocuparon por la policía de Libertador, que por esa zona es inexistente. Moisés en cuatro años y medio de carrera sólo había visto este cuerpo policial un par de veces, y eso porque tenía ir a hacer unas diligencias al centro de Caracas.

-Cuatro atracos por aquí y después tres por los Caobos. Así vamos cómodos pa’ la casa. Así mandamos a reparar la moto tuya pa’ que puedas trabajar mejorsito de lunes a viernes y le compres los pañales al carajito, yo sé como es la tuya de cuaima.

“Ése es el propio, la calle está sola. Igual nadie le va a parar. Da la vuelta y si se pone popi le dices que lo matas, con eso se cagan todos”.

Te mato.

“¿Pero no lo mataremos verdad?, ¿tú podrías hacerlo?”.

Tu celular o te mato.

“No seas pendejo, si no lo haces tú lo hago yo, si no coopera, muere”.

El sonido de la moto asustó a Moisés al instante. Sus prejuicios le dijeron que dos tipos en una moto no era bueno, pero también pensó que ambos tenían cascos y estaban como recién bañaítos, no iban a robarlo, sino a pedirle una dirección.

- No te muevas. Esto es un atraco. Cualquier cosa que hagas y te mato.

En ese instante, esos donde el tiempo no existe, porque pasan demasiadas cosas, Moisés pensó si volvería a ver a su mamá o a su novia…

- Si no te quedas tranquilo, te mato.

…su abuela, su tía, su hermana, su ejemplar de 2666 que aún no había leído.

- Si intentas correr, te mato.

Recordó cuando se cayó de la bicicleta, cuando su mamá le dijo que fuera a cogerse puntos, pero él no quiso y sintió cómo palpitaba la cicatriz en su rodilla.

- Dame el celular o te mato.

Pensó en su tesis, en sus tutoras, en lo que no sería. Y en lo de pinga que sería morir. Pensó en correr… “dame el celular o te mato… te mato… te mato”.

- Pira, chamo, pira… ¿o estás esperando que te mate?

Dio tres pasos atrás y pudo, ya sin celular, ver quiénes había visto lo sucedido. Cinco hombres arriba de él estaban frisando el edificio. No quisieron verlo, pero habían percibido todo. Uno lo miró y con los ojos le hizo un gesto de “si no te vas rápido nos implicarás a nosotros, no queremos que estés más aquí”; otro lo vio con ojos de “eres un pendejo”.

Ana y Franklin estuvieron una hora esperándolo. “Llamé a mi mamá, cancelaron la línea inmediatamente. Tenía como quince minutos libres. No quería que me robaran eso también. Vámonos a la piscina. Tenemos que decirle a José Luis que hay que buscar a Manuela por Bello Monte, ojalá no se moleste”.

sábado 3 de octubre de 2009

Bebé Gerber

Pensaba que era distinta porque estaba embarazada. Desde su puesto veía con envidia cómo se llevaban a sus amigas de Durazno, Pera y Manzana. Y ella, Guayaba, era la única que no era querida por los demás. Un día un niño la tomó, amagó que se la iba a llevar, pero cuando notó su embarazo la dejó de nuevo en el estante y no se dio cuenta de que la había dejado al revés. Ese fue el momento más feliz de toda su existencia, pero también el más triste, determinante. Al revés no podía comunicarse con sus amigas y era menos atractiva aún para la gente: se quedó aislada y sola. Por eso decidió despedirse de este mundo y abandonarlo todo. Así que hizo lo mismo que había hecho Mostaza aquél día: lanzarse al precipicio. En el instante en el que saltó recordó el momento de su embarazo, cuando en pleno camión desde la fábrica hasta el supermercado se golpeó con varios amigos, le entró un aire y empezó a abombarse. Todos dijeron que estaba embarazada. En el aire, mientras se aproximaba al suelo, se arrepintió de haber saltado; de que eso que llevaba adentro muriera con ella, aunque siempre tuvo sus dudas con respecto al embarazo, porque nunca se hizo una prueba.

Como estaba al revés cayó cabeza abajo y no quedó desparramada como Mostaza. Su tapa cedió con el golpe, ella dio media vuelta y giró en círculos por el piso, intacta, a su vez que todo el espeso líquido amarillo que tenía por dentro se le salió hasta que quedó vacía y se mantuvo esperando que lo que había parido le dijera “mamá”.

martes 14 de abril de 2009

Los hippies brasileños y dos atracos caraqueñísticos en Margarita

"Margarita era un paraíso antes de que llegaran los caraqueños a invadirla".

Esa y otras frases parecidas son las que se escuchan en el día a día de un residente insular. En la actualidad, la población de la isla ha crecido impresionantemente; y no porque sus habitantes hayan decidido suprimir los condones y las pastillas anticonceptivas de sus compras, sino porque cada mes se mudan aproximadamente cincuenta familias de navegaos a la isla. Para los margariteños un navegao es sinónimo de caraqueño y si alguien se atreve a decir "burda" o "marico" inmediatamente es etiquetado como eso. Tampoco es que todos nosotros seamos unos discriminadores y odiemos a los caraqueños, ¡no, señor, para nada!, sino que a los margariteños nos gusta diferenciarnos un poco; más bien averiguar la vida de los demás y tener etiquetado nuestro gran pueblo, cual foto de facebook: el hijo de la mocha, el tiranero que vende pescaos, la hija de Maricruz que salió preñá a los quince, pero que ahora trabaja de secretaria en el hotel Portofino y que conoció a un gringo (de Holanda) que (d)i(z)que se la quiere llevar a trabajar allá (¿de qué?), el marico de Playa El Agua, el de Playa Parguito, el del Cardón, el de Lechería, el de Maturín que vive en Boquerón, el de Macanao que no se sabe si es gay o si solo trabaja en el kiosko con el alemán, el alemán, la pareja de franceses que conocieron Margarita dándole la vuelta a un globo terráqueo y justamente les quedó el meñique en la isla, Chuito, Chenta, el vendepollos, los chinos que venden más barato que Mercal, el caraqueño que se mudó la semana pasada, el otro caraqueño que se mudó la semana antepasada, el otro caraqueño que se mudó hace un mes, el que se mudó hace mes y medio, hace dos meses, hace tres meses, hace un semestre, el que tiene un año, el que tiene dos años, el que llegó hoy porque dijo que antes que Miami prefería huir de Chávez en Margarita (quizá este caraqueño cree que huye de Chávez en vez de los seis, y quizá mañana siete, por nuevo decreto presidencial, alcaldes de Caracas [ocho si agregamos al ministro de Interior y Justicia que tiene la policía y nueve con el Gobernador de Miranda] –Bogotá, Río de Janeiro, La Paz, Moscú, Teherán, y cientos de ciudades en el mundo tienen un solo alcalde–).


 

El asunto es que Margarita está llena de caraqueños y que pasó de ser la playa donde uno que otro gitano venía a bañarse después de pasar por Macondo a convertirse en un suburbio más de Caracas donde se llega en media hora (cinco veces más rápido que si usted trabaja en Chacao y vive en la Cota 905) si se pueden pagar los doscientos del pasaje en avión (puesto que es imposible para cualquier político venezolano –desde el gobernador de Nueva Esparta hasta el ministro de Obras Públicas– imaginar algún día un tren submarino que le evite la gastadera de plata a los navegaos que se van a pasear todos los fines de semana a Playa Parguito, pero que viven en un limbo extraño entre los municipios Maneiro y Baruta. O al pueblo mismo de Boca de Pozo que tiene un familiar en Anaco, Upata o San Pedro y que por razones de humanidad, estética, los derechos humanos y la paz mundial no debería montarse en el ferry que no se hunde porque el espíritu de Fucho Tovar no lo permite). Un margariteño de verdad ahora no sabe cómo etiquetar a la gente. Ahora cualquiera que sea del sur es, presumiblemente, caraqueño; en el Oeste la cosa es como en la Isla de Coche, como hace setenta años, pero con Venevisión y teléfonos; pura peladera de chivo, perros muertos, tres panaderías y un liceo público. En el norte, el bello norte donde todavía no hay banda ancha y en el cable no hay MTV, la caraqueñidad no ha llegado con tanta fuerza; aunque ya se empiezan a ver esas urbanizaciones blancótomas entre Paraguachí y Playa El Agua con tejas rojas y un seguridad aricaguero en el portón donde la gente que la habita no sabe qué es un Icaco, llaman a las aguamalas "medusas" y a los microbuses "camioneticas". Ya no se dice "Hijo er diablo", sino "woon". El margariteño pura sangre se está transformando en un sobreviviente, en un indígena a la llegada de Colón.


 

La inseguridad también es un problema nuevo en Margarita. En la Isla, como en el resto del país y quizá en Latinoamérica, las zonas seguras no son seguras porque haya policías, sino porque no viven malandros cerca. En Paraguachí, por ejemplo, roban una casa cada cuántos años. Todo el mundo sabe quién es el que robaba y cómo lo hace, ¿denuncialo?, ¿Pa qué? Si a los tres días lo suelta la petejota de El Tirano sin hacerle nada. El ladrón de Paraguachí es un viejo maricón y pedófilo que anda por ahí caminando con una botellita de anís y que duerme cerca de la plaza. Siempre anda con dos carajitos como de doce años que según mi mamá se coge porque las mujeres no quieren andar con viejos verdes y él a los carajitos les da plata. El viejo maricón se metió una vez y mi casa y se llevó todo lo que podía cargar en un saco y a pie: un microondas, un VHS, un televisor de trece pulgadas y la batidora. La computadora 486 que teníamos no se la llevó porque tenía un monitor muy grande. A los dos años se metió otra vez y se llevó la computadora, más nada. A la semana pusimos una reja en la puerta y ya son cinco años que no se ha metido a robar. Otro de los ladrones es el iguano, que vive al lado de la casa y jugaba pelotica de goma conmigo. Él no es ladrón, ladrón, pero si tiene chance se roba alguito, porque el iguano es medio flojo y no le gusta trabajar. Una vez teníamos dos chivos en la casa. Cuando estábamos dormidos se llevó uno. Al día siguiente mi padrastro puso el machete al lado de su cama y durmió con medio ojo abierto. Cuando escuchó una bullita de la chiva salió con el machete y vio al iguano a quince pasos de él con la chiva. Lo colió hasta la esquina y más nunca se metió en la casa. Al día siguiente toda La Tagua lo sabía, nos habíamos quedado sin chivos y no se podía hacer más nada: nosotros quedamos como sapos y el iguano como ladrón. Habíamos sido robados a la margariteña.


 

Según las malas lenguas y algunos reporteros del Diario El Caribazo. La culpa de la inseguridad creciente es de la tragedia de Vargas, según, y vuelvo a repetir, según las malas lenguas, la culpa es de un gobernador imbécil que dejó que metieran el poco de damnificados en la isla que, al no tener trabajo (Quién dijo que un caraqueño de la costa –güaireño– sabía pescar), se metieron a choros. Y es que en Margarita no se trabaja más que pescando, atendiendo tiendas en Juan Griego o Porlamar, montando una bodega (que están quebrando por culpa de los chinos, Mercal y Rattan –si no creen pregúntenle a Josinés en Salamanca–), siendo puta en Playa El Agua (más rentable que choro porque pagan –me dijeron– en Euros: dar culo también es digno) o hablando inglés. Entonces viene esta gente a esta islita que tiene más población que toda Islandia, pero con la economía quizá de Jamaica, a joder la paciencia. Eso es según las malas lenguas. Ahora, los sopotocientos mil caraqueños que se han mudados de Chávez pacá no son mala gente ni nada. Sólo que en vez de adaptarse a nuestras costumbres: a comprar en Conejero en vez de en El Sambil, de decir "¡Miiiii!" en vez de "Carteluo"; uno el margariteño ahuevoniao es el que se tiene que adaptar a sus costumbres, como a hacer cola en el centro de Porlamar porque no saben manejar (Y quiera Dios que usted no cometa una infracción de tránsito en Margarita, porque inmediatamente un terruño bajará su vidrio y le gritará a toda voz con saliva y todo "¡Caraqueñitoooo, aprende a manejá!").


 

La caraqueñidad en Margarita ha aumentado la inseguridad, porque como dije antes, las malas lenguas dicen que es por culpa de ellos, otros le echan la culpa al gobierno que es la oposición en la televisión y a la oposición que es el gobierno allá en Sudamérica.


 

Después de este ridículo y largo desahogo provocado por mi nostalgia insondable y marica quiero hablar sobre una profesión que no había visto en Margarita antes del Éxodo y que vi esta Semana Santa. Un día de playa, estando estacionados frente a una mata de uva de playa, en la picó del vecino en donde provoca cantar "vamos de paseo, en un carro feo, pero no me importa…", se nos acercó un "Cuidador de Carros". Siempre he admirado esta profesión desde que leí aquel relato donde Aníbal Nazoa decía que son la mezcla perfecta entre un limpiabotas y un seguridad nocturno. El señor, con toda la pinta de margariteño de la costa posible, dijo que nos había cuidado el carro, que esperaba algo. Por supuesto nadie tenía plata, porque nos la habíamos gastado en empanadas de Pabellón y cocos fríos, así que sólo le dimos un bolívar fuerte. El señor no podía refunfuñar, puesto que hacía de pedigüeño frente a nosotros porque un buen cuidador de carros, según Aníbal Nazoa, anuncia que va a cuidar en cuando la gente se estaciona, no cuando se va. El señor puso cara de arrechera, de que lo habíamos robado, de que su trabajo esforzado de mirar la arena y bucear caraqueñitas todo el día valía más que un bolívar fuerte de unos ingratos en una picó. Y yo lo dije muy arrogante, "¿acaso este pedazo de tierra es tuyo?". Y eso fue como si le hubiera dicho que cuidar carros era malo; pero yo no dije eso. Y el tipo sacó un rastrillo y nos iba a colear cuando le dijimos que se calmara. Entonces el señor explicó que él TODOS los días rastrilla ese pedacito de arena donde caben como doce camionetas y que eso es suyo. (Y yo pensé, bueno, viejo marico, me voy a meter en tu casa, la limpio dos veces y te cobro alquiler después, ¿te parece?) Y dijo con cara de dueño, de fariseo, de piticaraqueño (porque ellos sí le deban al pobre hombre una cara de Guacaipuro) que le ocupábamos un puesto. Sin caer en tentanciones nos fuimos y maldijimos en nuestras cabezas al margariteño piticaraqueño. En la noche, fuimos a una discoteca. Y como dicen por ahí, uno lo que hace en la tierra lo paga en el cielo, o en el infierno o cuando se muere; cuando llegamos a Kamy decidimos estacionar en la carretera (porque no había otro sitio para hacerlo ¡cómo extraño los parquímetros de Irene Saéz, vale!). Ahí estaba un Gorila muy, pero muy alto y papiao, tan imponente que parecía que estuviera buscando una hembra permanentemente para procrear, que nos dijo que si nos queríamos estacionar ahí teníamos que pagar veinte simones de los nuevos. "Todos están pagando, papá, si no vas a pagar te vas, porque si no, no sabes qué le va a pasar a tu carro" y nos señaló a unos títeres hambrientos de destrucción con palos y clavos que estaban detrás de unos ladrillos en una parte oscura tomando cerveza y contando una paca de dinero más grande que la de un autobusero, pero con puros billetes de la hermosa Luisa Cáceres y de osos frontinos. Cuando salimos, a las 3am, no había rastro de ningún cuidacarro. Tres carros dispersos a lo largo de la calle sonaban sus alarmas arrítmicamente y lucían sus hermosos parabrisas destruidos y sus cauchos espichados. "Robaron a toda la discoteca" pensé.

A los dos días atracaron a Carmelito, al estilo metro de Caracas en un autobús de la línea Porlamar-PlayaElAgua que agarramos en Paraguachí. "Camelito que me des dos simones pal pasaje". Y Carmelito sacó su cartera del bolso y me dio el dinero. Luego, sacó algo del bolso y su cartera no estaba.

¿Cómo controlar esos robos, cómo la policía iba a saber que esos cuidacarros iban a estafar a toda la discoteca? Es una tarea casi imposible, pero mi única e irreal, romántica e ilógica solución es la deportación. Si usted robó, estafó, lapeó (véase diccionario de Paraguachireñismos en Facebook) en exceso, se va de la Isla sin derecho a regreso. Ese mismo día unos guardias nacionales, que casualmente habían jugado béisbol con Francesco y Carmelito cuando eran carajitos, agarraron a dos brasileños –hippies– que estaban metiéndose un pase de marihuana en Parguito. ¿Qué les hicieron a los hippies después? Primero les quitaron la marihuana y la vendieron, segundo les quitaron la plata que tenían y tercero los liberaron en Margarita para que sigan jodiendo la paciencia. Y no llamaron a ningún consulado brasileño, ni a la embajada, ni a nadie. Si yo fuera un hippie latinoamericano y estuviera en Europa haría una cosa así, para conseguir un viaje gratis en avión directo y de regreso a mi patria; no para lo que hacen aquí. ¡Qué falta de creatividad, no jodan guardias!

miércoles 8 de octubre de 2008

Amigos por Siempre

En la cola había un montón de gente. Estaba ahí porque iba con mi esposa a pasar la luna de miel: primero un rato en Orlando para ir a Disney y luego la iba a dejar unos días con una tía de ella que vive en Miami mientras yo hacía unas diligencias en una ciudad de Virginia llamada Langley donde unos del gobierno americano querían encontrase conmigo. No sé por qué en Virginia y no en Nueva York o Washington. ¿Qué cosa del gobierno habrá en Virginia que no en esas otras ciudades? No lo sé porque no me dio tiempo de averiguarlo en Wikipedia. Lo cierto es que a lo que voy es algo serio, porque así me lo hicieron notar.
En la cola abrí mi Facebook desde mi teléfono para matar el fastidio. Generalmente no estoy pendiente de eso, porque no tengo tiempo. Esa responsabilidad se la delegué a mi manager, ella agrega a todo el que quiera ser mi amigo y se encarga de responder y de escribir cosas como si fuera yo. Mientras estaba en la cola leí algunos comentarios de mi Muro:

“Luis Vicente Guia ha escrito a las 06:58
LA VENGANZA DE SOTO NO ES INCENDIAR EL PAIS, SI NO DEFENDER LOS VOTOS EL 23N Y SACAR A ESAS LACRAS: UNA POR UNA, Y PARA SIEMPRE!!

Estos tipos de comentarios me emocionan mucho. Hay otros que me fastidian. Son de esos que hacen las personas por jalabolismo, lo habían escrito el mismo día:

“Jaime Moya Pulgar ha escrito a las 08:29
hola yo ,me llamo Jayme, soy bastante fan tuyo, gracias por ser mi amigo. Eres la primera persona delatelevision q me hacepta. Los amigos de verdad se cuidan los unos a los otros y cuando existe una amista de verda nada puede interrumpila. Espero que x 100pre seamos amigo. AMIGOS X SIEMPRE!!!!!”

Luego están los nulos:

“Arnaldo Espinoza ha escrito a las 13:57
FUERZA HERMANO!!”

La cola de inmigración estaba avanzando cuando mi esposa me hizo notar que unos policías me estaban llamando. ¡Qué fastidio!, ¿qué querrán esos carajos?, no les daré plata.

Jaime siempre ha pensado que su compañero y él son como una especie de Pinky y Cerebro venezolanos. Claro, pero al revés, porque Jaime es Pinky y gordo y Cerebro es Yorgel, pero él es flaco. Jaime había conseguido el trabajo en el aeropuerto gracias a un pana que es amigo de su esposa que trabaja de facilitador en Misión Robinson, pero que tiene un primo que trabaja en el Inac. Él siempre pensó que para trabajar en el aeropuerto, así fuera de seguridad, había que tener un título de licenciado en algo, pero después Yorgel, que es más inteligente que él –según lo ve Jaime– le hizo notar que no era así. “Ni siquiera los pilotos de los aviones tienen títulos –le dijo Yorguel a Jaime un día– eso es pura paja de esa que hablan en la televisión. Manejar un avión es como manejar un carro, sólo que tienes que apretar un botón para prender las alas”. Cosas como éstas le decía Yorgel a él todos los días.
En el trabajo a veces les tocaba estar en la parte del detector de metales, otras veces en inmigración con unos perros y otras veces en la entrada viendo a las personas. A Jaime siempre le gustaba ver los pasaportes de las personas porque se imaginaba los sellos de otros países y coleccionaba en su mente los de países raros. Yorgel siempre le decía que eso era una estupidez, pero Jaime no le hacía caso; “a Yorgel lo único que le gusta es matraquear a los gringos cuando montan cosas ilegales en los aviones”, pensó Jaime. Él nunca fue totalmente sincero con su compañero, por ejemplo éste nunca supo que Jaime tenía Facebook y que se había hecho amigo de Yon Goicoechea.
Jaime soñaba con conocer a Yoni algún día, porque era la única persona de la televisión que lo había aceptado en Facebook, y su sueño más grande era poder hablar con alguien que hubiera salido en televisión, y ya había logrado algo: Yon y él eran amigos (aunque nunca hubieran hablado Jaime sentía una satisfacción al ver esa palabra en su perfil y ver la foto de Yon). Imagínense qué pasaría si Yorgel se enteraba de esto. Mínimo hacía que lo botaran del trabajo y del PSUV. Cuando Jaime le confesó que no había ido a votar el 2D porque pensaba que Chávez iba ganar igual, Yorgel no le dirigió la palabra por dos meses (a veces a Jaime se le olvidaba y le decía ¡hola! y Yorgel le respondía “por tu culpa perdimos las elecciones” y le reviraba los ojos y se iba) desde ese día Jaime aprendió a decirle algunas cosas a su amigo y algunas otras no.
Un día de aeropuerto Jaime vio a Yoni en la cola de inmigración. Estaba con una mujer, se veía aburrido y parecía jugar con su celular. Jaime quería correr a saludarlo y preguntarle ¿te acuerdas de mí? Soy tu amigo de Facebook, pero pensó que Yorgel podía verlo hablando con él. No sabía qué hacer, así que pensó que la manera más adecuada de hablarle era revisándolo. Entonces buscó a su compañero. Yorgel estuvo súper emocionado con la noticia, pensó en los dólares que podría hacerse si le conseguían algo al muchachito. Yorgel le dijo a Jaime que buscara a la gente especial de inmigración para que atendiera a Goicoechea y luego caminó hacia el guerrillero tirapiedras pequeñoburgués –como lo llamaban en su barrio– con una pistola detectora de metales y con voz altanera le dijo: “Muchacho, necesito revisarlo, venga”

Vi a mi esposa y en su cara había una expresión de qué más vamos a hacer, ya me acostumbraré, cielo. Caminé y vi al pendejo flacuchento que me iba a revisar. Me resigné y abrí mi maletica de mano, ahí frente a todo el mundo. Después de esto iba a tener que llamar a Federico. ¡Qué ladilla!, pensé. Dejé que le metieran mano a mi maleta y me calé las altanerías. El tipo no encontró nada y se iba a ir cuando llegaron tres más.

Jaime les dijo a los agentes especiales de inmigración que había venido Yon Goicoechea. De inmediato éstos les dieron las gracias, agarraron un aparato parecido a un escáner y una computadora portátil. En el camino Jaime les pidió un favor. “¿Pueden conseguirme una fotocopia de los sellos su pasaporte?”. Los agentes especiales de inmigración no se negaron, dijeron que lo harían por órdenes superiores y Jaime se puso muy feliz.
Dos de los tres tipos se metieron en una casilla especial de inmigración y me llamaron. En el camino el otro tipo, uno gordito, que acababa de llegar me dijo que tenían que revisarme la maleta. Luego se me acercó y me dijo al oído: “tranquilo, Yoni, no te pasará nada, recuerda que somos amigos”. Me imaginé que era un luchador social infiltrado en todo esto y que sólo lo hacía por el trabajo, así que no quise delatarlo y le dije “gracias, amigo, eres un buen hombre”. Se veía súper alegre y se puso a revisar mi maletín. El flacucho le dijo que él ya había hecho eso, pero mi amigo el luchador social le dijo que quería cerciorarse. Después me devolvió mi maletín y me acompañó a la caseta que habían abierto sólo para mí.

Jaime revisó el maletín de Yoni. Tenía cosas muy finas. Unas cartas de Uno, un emepecuatro muy raro con el dibujo de una manzana mordisqueada, dos condones (usa Durex –para Jaime son muy caros, prefiere los Te amo–), un libro que no le interesó, unos papeles y unos lentes. Él estaba súper contento, Yoni se había acordado de él y le había dicho amigo. Claro, aquí tenían que disimular porque estaba Yorgel, pensó Jaime. Luego lo acompañó a la caseta. El agente especial de inmigración de una manera súper educada (a Jaime le pareció que hablaba como una aeromoza) le dijo que necesitaba una copia de su pasaporte, que si era posible. Entonces Yoni dijo que él no tenía nada que ocultar y en vez de darle el pasaporte a los de inmigración se lo dio a Jaime que estaba a su lado viendo.

Le di mi pasaporte al luchador social y éste sin pensarlo lo abrió y no se puso a ver si era yo el que salía en la foto, sino que fue a ver a qué países había ido. El tipo estaba como bobo embelesado viendo y pasaba cada una de las hojas con lentitud y bobaliconería. Por un minuto todos nos lo quedamos viendo hasta que el flacucho le dio una palmada el cabeza muy fuerte que éste tuvo que darle el pasaporte al de inmigración. Éstos lo pasaron por una máquina rara (que al parecer le sacó una copia), me lo devolvieron sellado y por fin pude pasar al Duty Free. Antes de irme, volteé para ver al luchador social y éste veía como me iba con una cara muy triste. Le piqué el ojo y él también lo hizo y movió su boca, pero no alcancé a ver qué decía. Luego llamé a Federico y le dije “Alberto, necesito salir al aire urgente” y conté todo, fui aplaudido y entendido por toda Venezuela.

Antes de irse, Yoni le había picado el ojo a Jaime y éste le murmuró, para que Yorgel no escuchara, “amigos por siempre”. Más tarde, cuando Jaime llegó a su casa pasó toda la noche pensando si Yoni había logrado entender su última frase. Su esposa, como vio que no dormía, le preguntó que qué le pasaba y él le contó todo. Ella se molestó con él y lo mandó a dormir para el sofá. Al día siguiente lo habían botado del trabajo porque su esposa le había contado a su amigo; su amigo a su primo del Inac; éste a Yorgel y Yorgel a sus jefes y a la comitiva del PSUV.

miércoles 16 de julio de 2008

No es otra crónica de un concierto: Dream Theater

¿O sí lo es? Si lo fuera ¿debería empezar contando cómo fue que conocí la música de Dream Theater?, ¿debería decir que fue en casa de Francesco? En aquella época Pull me Under me parecía horrible y tantos solos me fastidiaban eran demasiadas canciones de ocho minutos y más donde el vocalista aparecía poco, eso no era, ni muy cerca, a lo que me tenía malacostumbrado MTV. Más tarde apareció un Dvd de la banda, quién sabe cómo; porque en aquella época vivía en Margarita, en un pueblo de dos mil habitantes llamado Paraguachí donde aún la conexión a Internet es por medio de dial up. Sí, fue en Paraguachí que conocí a Dream Theater y por culpa de Francesco. Luego me gustaron todas las canciones del disco Scenes a From Memory y empecé a buscar las canciones de los discos anteriores por allí y por allá. Hasta me sabía los nombres de todos los integrantes de la banda; menos el del vocalista que me parecía nulo –como a muchos de ustedes–.

Pasó el tiempo y llegó el momento de la universidad y con ello el cambio de ciudad y toda lo demás. En Margarita hay pocas carreras que elegir y si quieres salirte del clásico Informática, Turismo, Educación debes irte de la isla. Con la universidad llegaron nuevas responsabilidades, trabajos que entregar a tiempo y olvídate de tiempo libre, de ver el Dvd de Metrópolis todos los días, de saber qué discos nuevos ha sacado la banda, etc. En pleno primer semestre vino Dream Theater por primera vez y no fui porque no me enteré a tiempo. De Octavarium no había escuchado nada salvo el nombre del disco porque lo había pronunciado Francesco en una llamada telefónica que le hice un día.

Margariteño fuera de su tierra que no es nostálgico seguro que no es margariteño o no es nostálgico o es navegao. De ahí a que cuando me enteré de que Dream Theater volvía y que Francesco y Octavio –su hermano mayor: estudió Informática– iban a ir corrí a comprar mi entrada. Los días pasaban con emoción; me sentía como un niño esperando el veinticuatro de diciembre. Tres o cuatro semanas antes del día del espectáculo me llamó Octavio "mira, que pasaron el toque de Dream para Valencia, pide las nuevas entradas".

El día del concierto –pautado para las ocho de la noche– nos encontramos a las ocho de la mañana en Plaza Venezuela, cuadramos con Gustavo –un chamo que aparecía en www.dreamtheater.com.ve que ofrecía su autobús para llevar gente Caracas-Dream Theater-Caracas por ochenta bolívares fuertes– para irnos con él. Había, en la cola, un poco de gente vestida de negro. En mi autobús venían tres personas que seguí viendo después. El primero era un chamo con un cartel que decía Free Hugs, el segundo era Jonathan el guitarrista de una banda de black metal margariteña que se desintegró: Zwüitter, el tercero era margariteño también, pero yo aún no lo sabía. El bus salió a las nueve y a eso de las once y media nos encontramos en el Forum de Valencia. Fue la cola más larga de personas que había visto en mi vida, y eso que faltaban más de ocho horas para que empezara el concierto. Era muy fastidioso esperar. En Caracas había comprado un periódico y ya me lo había leído todo como dos veces. Le dije a Octavio que saliéramos a dar una vuelta para ver qué conseguíamos para comer y dejamos a Francesco en la cola. Caminamos, caminamos y caminamos y lo único que se veía era la autopista. Ya resignados a pasar hambre recordé que tenía una amiga en Valencia, porque los margariteños universitarios tenemos amigos en muchas universidades del país. Llamé a Mariana que estudia Odontología en la Universidad de Carabobo y que es margariteña también. Le dije que teníamos hambre, que el concierto empezaba en más de seis horas. Me preguntó que donde estaba, yo le dije que enfrente de una valla de gasolina en frente del Forum de Valencia. "No te muevas ya voy a buscarte". Le dije eso a Octavio y sonrió muchísimo. A los cinco minutos se apareció Mariana con una amiga, Andrea. Me monté en el carro y Octavio me dio dinero para que le llevara dos hamburguesas de pollo. Mariana me llevó al sitio de comida rápida y me regresó a la cola del concierto. Cuando entré al estacionamiento del Forum todos me veían o, mejor dicho, veían las bolsas donde traía la comida para llevar. Cuando llegué donde Octavio y Francesco y destapamos nuestras hamburguesas la gente empezó a llegar a nuestro alrededor y nos veía, los más atrevidos nos preguntaban dónde habíamos comprado eso. "No sé" pensaba: me había llevado Mariana. El asunto es que les dije a todos que tomaran un taxi y que fueran al Sambil. Luego le oraba a Dios pidiéndole que en el Sambil de Valencia estuviera ese sitio de comida rápida, porque Mariana no me había llevado al Sambil. Cuando acabamos las hamburguesas volvimos a preguntarnos qué hacer. Había un Bingo cerca del letrero que anunciaba los próximos eventos del Forum. Recuerdo que decía Mago de Oz, Alejandro Fernández y Guaqueríes Vs. Trotramundos. En ése instante Francesco y yo empezamos a cantar el himno del estado Nueva Esparta. Frente al bingo le preguntamos a uno de los de seguridad que si ya la sala de bingo estaba abierta. Él dijo que sí. Decidimos entrar abandonando al pobre Octavio en la cola. Cuando dimos el primer paso dentro del local se nos acercó un seguridad y nos dijo "Ustedes no pueden entrar" y yo le pregunté que porqué. Y él dijo que no podíamos entrar porque íbamos al concierto. "¿Eso que tiene que ver?".Dijo que eran órdenes superiores. Salimos del sitio decepcionados. Ahora ¿qué íbamos a hacer en las cinco horas restantes? Nos pusimos a caminar y a rodear el Forum. Era una zona inhóspita y había un restaurant de Sushi. Entonces, empezó a sonar algo parecido a The spirit carries on "¿son ellos Francesco?" Sí eran. Estábamos detrás del Forum escuchando todo lo que pasaba dentro, cómo ensayaban y cómo hablaban entre ellos. Le propuse a Francesco saltar, colearnos y verlos de cerca. Pero, entonces, llegó un seguridad y nos sacó de ahí.

Cuando regresamos a la cola Octavio había coleado a un poco de gente de Puerto Ordaz: amigos de Vicente –su hermano– que estudia ahí. Los chamos traían cámaras. Octavio les dijo que las pasaran. Cuando la cola empezó a moverse, a eso de las seis de la tarde estábamos agotadísimos. Yo no quería saber nada de conciertos. Saqué mi tiket, se lo dí al seguridad, me revisó y me dejó pasar. Hizo lo mismo con todos menos con el chamo de la cámara. Éste como no confiaba en dejarle su cámara al seguridad se fue hasta su carro a dejarla. Pasaba mucho tiempo y Francesco y yo estábamos alterados porque seguía entrando gente y nosotros no porque el chamo de Puerto Ordaz no llegaba. Le dijimos a Octavio que se quedara con él y Francesco y yo entramos. Eso estaba muy lleno. Nos íbamos a poner en una esquina cuando, de repente, alguien llamó a Francesco. Era otro margariteño. Nos tratamos de meter con él más adentro pero estaba muy difícil, la gente hacía mucha presión. Había otro margariteño también, era el del autobús. Eran las seis y media y, si el concierto empezaba a la hora acordada tendríamos que aguantar hora y media entre la marea de gente, cansados y empujados. Entre el aburrimiento y las ganas de hacer algo empecé a cantar el himno Nacional, Francesco y los dos margariteños me siguieron, pronto todo el fórum lo estaba cantando. Sólo llegamos a la primera estrofa. Luego cantamos el Himno al árbol y cuando nadie quiso seguir cantando entonamos el Himno de Nueva Esparta. Toda la gente calló y se pusieron a escucharnos. "Gloria Margarita, la perla de Oriente, Gloria Nueva Esparta, patria de valor…". El tiempo siguió pasando hasta que llegaron los teloneros RC2 y una hora más tarde se apareció Dream Theater. Ese día fue que aprendí que el vocalista se llamaba James La brie. Los cuatro margariteños llegamos a la tercera fila frente a John Myung –el bajista–. Pero no tardó mucho en que volviéramos al final de nuevo con la presión de la gente. El resto es lo normal que puede pasar en un concierto: todos completamente emocionados por el gran espectáculo de rock. Una cosa me sorprendió mucho: no tocaron The spirit carries on.